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El periódico nos ha acostumbrado a mirar la vida de un forma determinada y es muy difícil reconocer que nuestras ideas y nuestra manera de interpretar la realidad dependen, en parte, de dicha lectura cotidiana. 
En posesión de una estimable porción de prejuicios ideológicos, que es, en definitiva, en lo que convertimos las ideas propias y ajenas, hay quienes afrontan la compra de "su" periódico como un ritual mediante el que sacralizan alguna seña de una hipotética identidad personal y, en algunos casos, de cierta identidad colectiva. En realidad, lo que de verdad importa en esta historia no es el acto de leer un periódico, sino de comprarlo. Cuando leemos un periódico, no estamos aprobando un pensamiento o una línea ideológica identitaria del periódico o nuestra. Esa validación es anterior al acto de la lectura: la realizamos cuando compramos el periódico. Porque comprar un periódico sí constituye un hecho ideológico de primer orden. Con nuestra inversión cotidiana en un determinado periódico estamos dando vida a un grupo mediático que, relacionado íntimamente con otros monopolios de dominio de la esfera pública, definen nuestro modo de vivir y, con ello, nuestro modo de consumir y, por tanto, de pensar. Quede claro, por tanto, que no es lo mismo leer que comprar un periódico. Las implicaciones ideológicas, y sobre todo económicas, que de ambos hechos se derivan son muy distintas y de muy diferente alcance.
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